RADIO EL MUNDO DEPORTES: Además de un maestro y referente de varias generaciones de periodistas, el histórico cronista fallecido el viernes a los 85 años fue un gran contador de historias.

RADIO EL MUNDO DEPORTES: Además de un maestro y referente de varias generaciones de periodistas, Ernesto Cherquis Bialo, fallecido en la noche del viernes a los 85 años, era un gran contador de anécdotas. Y entre muchas, sobresale una que hizo descostillar de la risa a sus interlocutores, en este caso de Infobae.
En febrero de 1974, Carlos Monzón emprendió un viaje con destino europeo para recibir una como el mejor deportista del año. El reconocimiento no era casual: venía de derrotar en dos ocasiones al francés Jean-Claude Bouttier el 17 de junio de 1972 y el 29 de septiembre de 1973, consolidando su reinado en el boxeo mundial. En la travesía lo acompañaban Cherquis Bialo, su entrenador Amílcar Brusa y el influyente empresario Juan Carlos Tito Lectoure, dueño del Luna Park.
Como todo evento de gala exige, el protocolo indicaba que el campeón debía pronunciar unas palabras de agradecimiento. Pero había un pequeño detalle: el discurso debía ser en francés. Para simplificar la situación -y evitar cualquier desliz idiomático-, su equipo decidió que lo mejor sería que Monzón memorizara una única frase: “merci beaucoup” (muchas gracias). Breve, elegante y, en teoría, imposible de fallar.

El plan parecía infalible. Durante los entrenamientos matutinos, entre trotes y rutinas físicas, el boxeador repetía la frase una y otra vez. “¿Qué es lo que tenés que decir?”, le preguntaban como si se tratara de un examen oral permanente. “Sí, sí, mercí bocú”, respondía Monzón, castellanizando con convicción.
Sin embargo, la repetición excesiva empezó a generar sospechas en el propio protagonista. Cansado del insistente método pedagógico, Monzón frenó en seco a su equipo: “¡Paren un poco! Sé que lo están diciendo por mí”. El campeón había detectado la estrategia y, aunque el aprendizaje parecía encaminado, ya empezaba a mostrar señales de hartazgo.

Finalmente llegó el gran día. Vestido con traje oscuro, camisa blanca y zapatos de charol, el boxeador se dirigió al evento en un auto junto a su equipo. Brusa viajaba adelante, mientras que atrás el campeón ocupaba el asiento del medio, flanqueado por Lectoure y Cherquis Bialo. Todo estaba listo: premio, público, autoridades… y una sola frase por pronunciar.
El momento cúlmine llegó. El alcalde Valéry Giscard d’Estaing le entregó la distinción y, desde abajo del escenario, sus acompañantes le hacían gestos exagerados para recordarle el “merci beaucoup”. Monzón asintió, tomó la plaqueta, giró hacia el público… y, para sorpresa general, soltó un inolvidable “pipí cucú”. El desconcierto fue inmediato, y la anécdota quedó grabada para siempre como una joya del humor involuntario.
Aunque muchos sostienen que allí nació la popular expresión, la realidad indica que su origen sería otro: la abreviatura PP.QQ (Perfect Quality) en Estados Unidos, que al pronunciarse derivó en ese sonido tan peculiar. De todos modos, fue el genial Alberto Olmedo quien terminó de inmortalizar el “pipí cucú”, incorporándolo a sus sketches y a la cultura popular argentina. Monzón, en traje y sin quererlo, se anotó un nuevo nocaut, aunque en este caso su víctima fue el idioma.






